I woke up that morning, feeling dizzy: consequence of my eternal insomnia. Lucky me, that night I had been able to accomplish about two hours of full sleep. Despite the dizziness, a light happiness invaded my chest. As the morning ritual went by (wash your face, comb your hair, wash your teeth, get ready to take a shower) I was able to remember that, during my two hours sleep, I had had an actual dream. There was no doubt of it. The memory seemed so tangible:
I remembered you, I remembered the other characters, I remembered feeling alive (which is a scary thought, considering I was in fact, dreaming), I even remembered parts of my dream. Some of them should not be told here, but I’m bursting, I’m really bursting.
It is not very poetic to say: Well, I actually dreamt of us having sex. But here’s the REAL DEAL: I don’t give a fuck anymore. I’ve been so much time inside myself, I’ve spent so much time inside this walls, that I just think I don’t care anymore. Words, I’ve been all tied to them; you, it’s safe to say I’ve been all tied to you too. But now, after all this time, I guess I’m no longer tied. Get real ready: I’m sick of breathing safely, relying only in dreams to build happiness or whatever that shit is called. I’m coming to get you.
I declare myself untied.
Forgot to tell you: I got a job. By the end of September I should have enough money to take us both away for a whole weekend.
Lots of love.
viernes, 29 de julio de 2011
domingo, 24 de julio de 2011
Unacanción
Soñé que soñaba.
Que la tarde era eterna,
y tus ojos de miel,
empapaban mi sombra,
y empañabas mi soledad
con tu aliento.
Tu espalda era infinita
y en tu labio inferior,
me guardabas un beso
para cada mañana.
Soñé que soñaba a ser feliz.
Que la tarde era eterna,
y tus ojos de miel,
empapaban mi sombra,
y empañabas mi soledad
con tu aliento.
Tu espalda era infinita
y en tu labio inferior,
me guardabas un beso
para cada mañana.
Soñé que soñaba a ser feliz.
viernes, 24 de junio de 2011
Caminata por el cerro
Más que las heridas físicas, me dolía la felicidad excesiva: Era demasiado intensa, como el allegro del concierto de Vivaldi para violín en si menor. Me dolían cada uno de tus movimientos, tan sensuales, tan fluidos. Me dolían las palabras que se disputaban en mi garganta, tanto, que al salir, eran apenas débiles murmullos, inaudibles, indescifrables. Me dolía la nostalgia, las largas miradas, las caricias retraídas. Me dolía la calma, la tranquilidad; el aire frio, la tierra húmeda. Me dolía la sonrisa (la mía y la tuya).
domingo, 8 de mayo de 2011
Al dios de las pequeñas cosas
Al terminar de leer la última página del libro, se levantó de la cama y corrió instintivamente hacia la puerta, esperando que volviera a ocurrir el milagro.
Nada.
Del otro lado de la puerta no esperaba nadie.
Suspiró largamente y calculó con las palmas de ambas manos el vacío interminable que había entre su estómago y su pecho. Era tremendo, pero explicable (lo que resultaba práctico, pues los problemas que resultan difíciles de resolver son precisamente aquellos que no se pueden explicar). Entró al baño y se observó frente al espejo por un par de minutos. Ambos ojos estaban cubiertos por unas lágrimas que no podía derramar. No eran las lágrimas de la pérdida, ni las lágrimas de perder, tampoco las de los celos o la angustia.
Eran unas lágrimas secretas. Eran las que provocaba un cariño irremediable, no irracional, pero si incontrolable. Ese tipo de lágrimas no debían llorarse al azar. Y ella nunca las había llorado.
Tomó el cepillo de dientes y se lavó parsimoniosamente. Después encendió la luz y se levantó la blusa. Se miró de perfil. Estaba muy delgada. Las costillas y los huesos de la cadera sobresalían excesivamente. El vientre estaba ligeramente inflamado y adolorido, pero sabía que normalmente era plano. Los pechos eran muy pequeños. Se miró de frente. La clavícula de ambos lados, dibujaba una línea partida en dos que recorría de un hombro al otro. Del lado izquierdo tenía el cuello un poco inflamado.
Se imaginó más delgada aún: una mujer de hueso recubierta de piel. Sonrió con tristeza y apagó la luz.
La mañana había invadido ya cada rincón de la casa. Entró a la cocina muy consciente del suelo frio bajo sus pies. Lavó una pocilla de peltre y vertió en ella una vasta cantidad de agua. Prendió una hornilla de la estufa y colocó encima la pocilla. Esperó a que se calentara lo suficiente y colocó dentro dos bolsitas de té negro con especias.
Instintivamente corrió hacia la puerta. Esta vez la abrió con cuidado, dudando. No había nadie esperando del otro lado.
Regresó a la cocina y observo como el agua clara de la pocilla se teñía de café canela. Pronto la superficie del agua se llenó de burbujas. Apagó la hornilla. Los ojos se empañaron de nuevo con las lágrimas secretas que no debían ser lloradas.
El milagro había ocurrido bajo circunstancias que no era capaz de recordar, tal vez porque en su momento no había repasado la memoria suficientes veces (para entonces ya había aprendido que lo esencial no es repasar las memorias antiguas, sino, experimentar profundamente el presente y almacenar la mayor cantidad de recuerdos, aunque en la posteridad fuera imposible mirar atrás y ver las cosas a detalle).
Los hechos:
Pudo haber sido un lunes, un martes, un miércoles o un jueves.
Eran entre las 5 y las 7 de la tarde.
Probablemente estaba nublado.
Era marzo o abril.
Ella usaba una chamarra de tela negra que no era suya y unos jeans descoloridos y muy acampanados, que entonces le habrían quedado bien.
Hoy esa ropa le habría quedado gigantesca.
El personaje que acababa de morir en la novela, que ahora yacía en el suelo, mientras ella se cubría la boca con las manos, se llamaba Laura Avellaneda.
El personaje que había escrito un centenar de veces en su diario: Dios mío, se llamaba Martín Santomé.
Las lágrimas que se arremolinaban en el borde de sus ojos eran las lágrimas secretas. Pero ella no podía llorarlas.
Ahora era ella quien necesitaba la tregua.
Lo que ocurrió después:
El cálculo del interminable vacío que había entre su estómago y su pecho fue interrumpido por el sonido de alguien que llama a la puerta. Ella levantó el libro y marcó con el índice la página en donde las ultimas dos líneas constaban de interminables Dios míos. Corrió instintivamente.
Abrió.
Detrás de la puerta, la persona que siempre estaba esperando. Una sonrisa nerviosa adornaba su delgado y pálido rostro. Un brazo detrás de la espalda y (probablemente) un instante eterno de silencio.
La frase que fue dicha al instante siguiente por el personaje que extendió el brazo entregando un enorme ramo de flores amarillas, no está enteramente registrada en la memoria de ella, pero sabe que incluía:
Un ligero tono de cariñosa acusación.
La palabra cursi.
Todo resultó perfecto. Aquel fue el milagro.
Un poco del líquido oscuro de la pocilla fue depositado en una taza blanca con unos dibujos infantiles de florecitas. Azules, amarillas y rosas. Dos cucharadas de azúcar. Ella suspiro varias veces, decidió frenar los instintos. No había razón para abrir la puerta de nuevo.
No había razón para que se repitiera el milagro.
Después de todo, esa clase milagros, los que evocan la presencia de las lágrimas secretas, los milagros que consisten de detalles, de coincidencias, de cosas pequeñas, son especiales, pues sólo ocurren una vez.
El fantasma del vacío que había dejado la última página del libro se esfumo rápidamente cuando a las 11.45 sonó el teléfono.
-Bueno…
(Era el dios de las pequeñas cosas).
Nada.
Del otro lado de la puerta no esperaba nadie.
Suspiró largamente y calculó con las palmas de ambas manos el vacío interminable que había entre su estómago y su pecho. Era tremendo, pero explicable (lo que resultaba práctico, pues los problemas que resultan difíciles de resolver son precisamente aquellos que no se pueden explicar). Entró al baño y se observó frente al espejo por un par de minutos. Ambos ojos estaban cubiertos por unas lágrimas que no podía derramar. No eran las lágrimas de la pérdida, ni las lágrimas de perder, tampoco las de los celos o la angustia.
Eran unas lágrimas secretas. Eran las que provocaba un cariño irremediable, no irracional, pero si incontrolable. Ese tipo de lágrimas no debían llorarse al azar. Y ella nunca las había llorado.
Tomó el cepillo de dientes y se lavó parsimoniosamente. Después encendió la luz y se levantó la blusa. Se miró de perfil. Estaba muy delgada. Las costillas y los huesos de la cadera sobresalían excesivamente. El vientre estaba ligeramente inflamado y adolorido, pero sabía que normalmente era plano. Los pechos eran muy pequeños. Se miró de frente. La clavícula de ambos lados, dibujaba una línea partida en dos que recorría de un hombro al otro. Del lado izquierdo tenía el cuello un poco inflamado.
Se imaginó más delgada aún: una mujer de hueso recubierta de piel. Sonrió con tristeza y apagó la luz.
La mañana había invadido ya cada rincón de la casa. Entró a la cocina muy consciente del suelo frio bajo sus pies. Lavó una pocilla de peltre y vertió en ella una vasta cantidad de agua. Prendió una hornilla de la estufa y colocó encima la pocilla. Esperó a que se calentara lo suficiente y colocó dentro dos bolsitas de té negro con especias.
Instintivamente corrió hacia la puerta. Esta vez la abrió con cuidado, dudando. No había nadie esperando del otro lado.
Regresó a la cocina y observo como el agua clara de la pocilla se teñía de café canela. Pronto la superficie del agua se llenó de burbujas. Apagó la hornilla. Los ojos se empañaron de nuevo con las lágrimas secretas que no debían ser lloradas.
El milagro había ocurrido bajo circunstancias que no era capaz de recordar, tal vez porque en su momento no había repasado la memoria suficientes veces (para entonces ya había aprendido que lo esencial no es repasar las memorias antiguas, sino, experimentar profundamente el presente y almacenar la mayor cantidad de recuerdos, aunque en la posteridad fuera imposible mirar atrás y ver las cosas a detalle).
Los hechos:
Pudo haber sido un lunes, un martes, un miércoles o un jueves.
Eran entre las 5 y las 7 de la tarde.
Probablemente estaba nublado.
Era marzo o abril.
Ella usaba una chamarra de tela negra que no era suya y unos jeans descoloridos y muy acampanados, que entonces le habrían quedado bien.
Hoy esa ropa le habría quedado gigantesca.
El personaje que acababa de morir en la novela, que ahora yacía en el suelo, mientras ella se cubría la boca con las manos, se llamaba Laura Avellaneda.
El personaje que había escrito un centenar de veces en su diario: Dios mío, se llamaba Martín Santomé.
Las lágrimas que se arremolinaban en el borde de sus ojos eran las lágrimas secretas. Pero ella no podía llorarlas.
Ahora era ella quien necesitaba la tregua.
Lo que ocurrió después:
El cálculo del interminable vacío que había entre su estómago y su pecho fue interrumpido por el sonido de alguien que llama a la puerta. Ella levantó el libro y marcó con el índice la página en donde las ultimas dos líneas constaban de interminables Dios míos. Corrió instintivamente.
Abrió.
Detrás de la puerta, la persona que siempre estaba esperando. Una sonrisa nerviosa adornaba su delgado y pálido rostro. Un brazo detrás de la espalda y (probablemente) un instante eterno de silencio.
La frase que fue dicha al instante siguiente por el personaje que extendió el brazo entregando un enorme ramo de flores amarillas, no está enteramente registrada en la memoria de ella, pero sabe que incluía:
Un ligero tono de cariñosa acusación.
La palabra cursi.
Todo resultó perfecto. Aquel fue el milagro.
Un poco del líquido oscuro de la pocilla fue depositado en una taza blanca con unos dibujos infantiles de florecitas. Azules, amarillas y rosas. Dos cucharadas de azúcar. Ella suspiro varias veces, decidió frenar los instintos. No había razón para abrir la puerta de nuevo.
No había razón para que se repitiera el milagro.
Después de todo, esa clase milagros, los que evocan la presencia de las lágrimas secretas, los milagros que consisten de detalles, de coincidencias, de cosas pequeñas, son especiales, pues sólo ocurren una vez.
El fantasma del vacío que había dejado la última página del libro se esfumo rápidamente cuando a las 11.45 sonó el teléfono.
-Bueno…
(Era el dios de las pequeñas cosas).
lunes, 2 de mayo de 2011
Flores de mayo (con una ayudadita de la RAE):
Brote de muchas plantas, formado por hojas blancas con sombreados generalmente rosas y amarillos, con la capacidad de evocar con su delicado aroma y su tacto suave dos memorias:
La casa de Mamá Lucila (en donde pasé los mejores momentos de mi infancia).
La casa de los Benet durante la primavera (en donde he pasado la mayor parte de mis alegrías de la adolescencia).
Si se regala una flor de mayo (sin importar la presentación), acompañada de palabras dulces y cariñosas, aquel que la reciba sufrirá de dos síntomas inevitables:
Derramará dos gruesas lágrimas con el ojo derecho.
Sonreirá como una niña pequeña durante aproximadamente dos horas.
Brote de muchas plantas, formado por hojas blancas con sombreados generalmente rosas y amarillos, con la capacidad de evocar con su delicado aroma y su tacto suave dos memorias:
La casa de Mamá Lucila (en donde pasé los mejores momentos de mi infancia).
La casa de los Benet durante la primavera (en donde he pasado la mayor parte de mis alegrías de la adolescencia).
Si se regala una flor de mayo (sin importar la presentación), acompañada de palabras dulces y cariñosas, aquel que la reciba sufrirá de dos síntomas inevitables:
Derramará dos gruesas lágrimas con el ojo derecho.
Sonreirá como una niña pequeña durante aproximadamente dos horas.
jueves, 21 de abril de 2011
Adela
Sé que aún te debo la otra cara de la promesa.
Te extraño.
Un regalito: http://www.youtube.com/watch?v=bAK2J05Vmhc
Te extraño.
Un regalito: http://www.youtube.com/watch?v=bAK2J05Vmhc
martes, 5 de abril de 2011
4 de abril
F llegó corriendo a casa de B y se detuvo frente a la puerta a eso de las 8:45 de la noche.
Durante la primavera, casi siempre a esa hora y cuando no está nublado, el cielo, de un azul oscurísimo, conserva aún un tono rosado en la franja que acaricia los cerros.
F se quedó inmóvil frente a la puerta durante al menos veinte minutos. No pasó absolutamente nada: Fue incapaz de tocar.
Sin hacer un solo ruido, recogió sus cosas del suelo y se fue corriendo en dirección a su casa.
B nunca se enteraría.
A la mitad del camino, F dejó de correr, pues se le acalambraron las piernas de súbito. Comenzó a caminar despacio, limpiándose las lagrimas con los bordes del suéter y arrastrando la mochila por el suelo húmedo apenas.
Pensó en el día que le dijo a B por primera vez que le amaba.
Fue la madrugada del veintiuno de marzo. Ambos debajo de las cobijas y ella intentando detener un llanto inexplicable. B la tocaba con cuidado, sin saber que más se podía hacer. De pronto F lo detuvo, se paró de la cama y comenzó a caminar de un lado a otro. Pasaron unos minutos antes de que lograra calmarse y sentarse en la orilla, junto a B.
F: ¿Te puedo decir algo horrible?
B asintió nervioso.
F: Creo que te amo. Es cierto, te amo.
B: Es la cosa horrible más linda que me han dicho jamás.
Dejaron pasar lo que quedaba de noche y a las seis, más o menos, B comenzó a despedirse.
F: Algún día ¿vas a decírmelo?
B: Cuando amanezca.
B salió corriendo.
Al instante, cantó un gallo.
F corrió hasta la puerta y la abrió precipitadamente: B no estaba ahí.
Cuando F llegó a su casa a eso de las 9:30, había desaparecido la franja rosa en el cielo.
Antes de entrar, pensó que, tal vez, si a las 8:45 hubiera decidido tocar a la puerta de B, no habría sido tan malo, pero no había podido olvidar la voz dulzona de A:
-No hagas locuras. Te quiero.
F entró a su casa y pensó que de cualquier manera, la promesa que traía consigo la lluvia, se la había llevado el viento.
Durante la primavera, casi siempre a esa hora y cuando no está nublado, el cielo, de un azul oscurísimo, conserva aún un tono rosado en la franja que acaricia los cerros.
F se quedó inmóvil frente a la puerta durante al menos veinte minutos. No pasó absolutamente nada: Fue incapaz de tocar.
Sin hacer un solo ruido, recogió sus cosas del suelo y se fue corriendo en dirección a su casa.
B nunca se enteraría.
A la mitad del camino, F dejó de correr, pues se le acalambraron las piernas de súbito. Comenzó a caminar despacio, limpiándose las lagrimas con los bordes del suéter y arrastrando la mochila por el suelo húmedo apenas.
Pensó en el día que le dijo a B por primera vez que le amaba.
Fue la madrugada del veintiuno de marzo. Ambos debajo de las cobijas y ella intentando detener un llanto inexplicable. B la tocaba con cuidado, sin saber que más se podía hacer. De pronto F lo detuvo, se paró de la cama y comenzó a caminar de un lado a otro. Pasaron unos minutos antes de que lograra calmarse y sentarse en la orilla, junto a B.
F: ¿Te puedo decir algo horrible?
B asintió nervioso.
F: Creo que te amo. Es cierto, te amo.
B: Es la cosa horrible más linda que me han dicho jamás.
Dejaron pasar lo que quedaba de noche y a las seis, más o menos, B comenzó a despedirse.
F: Algún día ¿vas a decírmelo?
B: Cuando amanezca.
B salió corriendo.
Al instante, cantó un gallo.
F corrió hasta la puerta y la abrió precipitadamente: B no estaba ahí.
Cuando F llegó a su casa a eso de las 9:30, había desaparecido la franja rosa en el cielo.
Antes de entrar, pensó que, tal vez, si a las 8:45 hubiera decidido tocar a la puerta de B, no habría sido tan malo, pero no había podido olvidar la voz dulzona de A:
-No hagas locuras. Te quiero.
F entró a su casa y pensó que de cualquier manera, la promesa que traía consigo la lluvia, se la había llevado el viento.
sábado, 26 de marzo de 2011
Debe ser leído mientras se escucha: http://www.youtube.com/watch?v=rKgcKYTStMc
Mi vida:
Escribo esta nota mínima mientras el sol termina de esconderse en un horizonte distante. Encallé el velero con urgencia, pues la luz penetrante del atardecer anaranjado me llenó los ojos de lagrimas: pensé en ti.
Tú, el motivo de mis desgracias y mis mayores alegrías.
Tú, que no me dejaste mejor solución que ocultarme en la inmensidad del mar.
Tú, que me dejaste en nuestro mejor momento;
que destruiste todos mis planes y todos mis sueños;
que me tomabas en brazos cuando se te antojaba y me prometías todo de nuevo, me jurabas que me querrías siempre pero después te ibas con la primera mujer que te sonriera de frente;
tú, por quien derramé lagrimas, sudor y sangre
(sangre más que cualquier otra cosa);
tú, que me llevaste a la orilla del precipicio
y después al fondo,
ahí
donde la luz entra apenas para alumbrar los charcos rojos en donde agonizan los cuerpos en putrefacción de todos esos desgraciados.
Tú. Tú. Tú.
Qué deseable resultas tú...
Mi vida:
Escribo esta nota mínima mientras el sol termina de esconderse en un horizonte distante. Encallé el velero con urgencia, pues la luz penetrante del atardecer anaranjado me llenó los ojos de lagrimas: pensé en ti.
Tú, el motivo de mis desgracias y mis mayores alegrías.
Tú, que no me dejaste mejor solución que ocultarme en la inmensidad del mar.
Tú, que me dejaste en nuestro mejor momento;
que destruiste todos mis planes y todos mis sueños;
que me tomabas en brazos cuando se te antojaba y me prometías todo de nuevo, me jurabas que me querrías siempre pero después te ibas con la primera mujer que te sonriera de frente;
tú, por quien derramé lagrimas, sudor y sangre
(sangre más que cualquier otra cosa);
tú, que me llevaste a la orilla del precipicio
y después al fondo,
ahí
donde la luz entra apenas para alumbrar los charcos rojos en donde agonizan los cuerpos en putrefacción de todos esos desgraciados.
Tú. Tú. Tú.
Qué deseable resultas tú...
domingo, 20 de marzo de 2011
20 de marzo
Yo sé
que no pude detener el tiempo, mi vida,
que hemos crecido, y hemos cambiado.
Yo sé
que ni la más profunda nostalgia
puede incendiar las cenizas.
(Sé también que la metáfora es trillada).
Pero ¿sabes?
Ni el paso insensible del tiempo
o la erosión que han causado tu ausencia
y el tedio de la espera
me han obligado a decir friamente y sin escrúpulos: ya no te amo.
Todo lo contrario.
que no pude detener el tiempo, mi vida,
que hemos crecido, y hemos cambiado.
Yo sé
que ni la más profunda nostalgia
puede incendiar las cenizas.
(Sé también que la metáfora es trillada).
Pero ¿sabes?
Ni el paso insensible del tiempo
o la erosión que han causado tu ausencia
y el tedio de la espera
me han obligado a decir friamente y sin escrúpulos: ya no te amo.
Todo lo contrario.
lunes, 14 de marzo de 2011
The Fight Club
Juro que cada golpe sobre tu mejilla derecha fue una tajada para mi corazón (también el par sobre tu mejilla izquierda).No es un silogismo, pero se deduce fácil que tengo el corazón hecho mierda.
Había música, tambores. El ritmo sedujo despacio a mis más bajos instintos.
No sólo me sedujo el ritmo, también tus caras,tu mejilla derecha de porcelana, y, tu suplica, enferma e insistente:
-Si me quieres, pégame.
-No te quiero, te adoro.
Fue la nota, la nota que escribí esta mañana con tinta negra en mi muñeca izquierda:
I am Jack's repressed anger.
Había música, tambores. El ritmo sedujo despacio a mis más bajos instintos.
No sólo me sedujo el ritmo, también tus caras,tu mejilla derecha de porcelana, y, tu suplica, enferma e insistente:
-Si me quieres, pégame.
-No te quiero, te adoro.
Fue la nota, la nota que escribí esta mañana con tinta negra en mi muñeca izquierda:
I am Jack's repressed anger.
martes, 1 de marzo de 2011
La quema
- Se está muriendo de amor, el poeta.
- Pero eso no puede ser cierto, no hace tanto lo vi en la calle y estaba muy bien. Andaba vestido de forma elegante y me sonrío como nunca. ¿Quién te ha contado aquel chisme?
-Lo he visto yo misma. El lunes pasado, de camino a casa, lo vi caminando solo. Tenía las ropas raídas y la camisa rota. Me dijo que iba al panteón a cavar su propia tumba. Creí que era alguna broma de mal gusto, no sería la primera vez. Le dejé tranquilo. Además venía yo con la niña, que no debe andar oyendo esas cosas. Martina nos contó luego que su Musa le había dejado. Al parecer la mujer no dio explicación alguna, tomó sus cosas y se largó. El poeta la buscó después de unos días y le pidió que le regresara todas las cartas que le había escrito y todos los versos. Dicen que lo ha quemado todo y dejó que las cenizas se las llevara el viento.
Ambas mujeres se miraron un lago rato sin decir nada. Ámbar suspiró y procedió a picar la cebolla con movimientos furiosos. Adela la miraba con cautela mientras sorbía despacio el agua de limón que quedaba en el vaso. Cuando Ámbar había comenzado ya a freír la carne, entró Sofía a la cocina sonriendo con picardía.
-¿Qué pasa?- preguntó Ámbar.
- Me he encontrado a Martina en el bar de los Mendoza. Dice que a casa del poeta se ha mudado una mujer, al parecer se van a casar.
-¡No me digas!- se sorprendió Adela -¿Y ella cómo se llama?
Sofía se rió por lo bajo:
-Se llama Ausencia.
- Pero eso no puede ser cierto, no hace tanto lo vi en la calle y estaba muy bien. Andaba vestido de forma elegante y me sonrío como nunca. ¿Quién te ha contado aquel chisme?
-Lo he visto yo misma. El lunes pasado, de camino a casa, lo vi caminando solo. Tenía las ropas raídas y la camisa rota. Me dijo que iba al panteón a cavar su propia tumba. Creí que era alguna broma de mal gusto, no sería la primera vez. Le dejé tranquilo. Además venía yo con la niña, que no debe andar oyendo esas cosas. Martina nos contó luego que su Musa le había dejado. Al parecer la mujer no dio explicación alguna, tomó sus cosas y se largó. El poeta la buscó después de unos días y le pidió que le regresara todas las cartas que le había escrito y todos los versos. Dicen que lo ha quemado todo y dejó que las cenizas se las llevara el viento.
Ambas mujeres se miraron un lago rato sin decir nada. Ámbar suspiró y procedió a picar la cebolla con movimientos furiosos. Adela la miraba con cautela mientras sorbía despacio el agua de limón que quedaba en el vaso. Cuando Ámbar había comenzado ya a freír la carne, entró Sofía a la cocina sonriendo con picardía.
-¿Qué pasa?- preguntó Ámbar.
- Me he encontrado a Martina en el bar de los Mendoza. Dice que a casa del poeta se ha mudado una mujer, al parecer se van a casar.
-¡No me digas!- se sorprendió Adela -¿Y ella cómo se llama?
Sofía se rió por lo bajo:
-Se llama Ausencia.
martes, 18 de enero de 2011
Uno
Debe ocurrir rápidamente:
Mientras estamos frente a frente, uno de cada lado de la mesa, tienes que cerrar los ojos. Yo tengo que calmar los nervios para que, al hablar, mi voz suene confiada y no rota, serena y no llena de deseo.
Tienes que abrir los ojos, lento, y mirarme cuidadosamente, recorrerme despacito con la mirada: primero la barbilla y luego los labios, después la nariz, un poco de cabello, fracción de mejilla. Finalmente, debes mirarme a los ojos.
Para el instante previo no hay mejor música que el silencio.
-Tus ojos están cada vez más bonitos- debo decirte.
A ver si sonríes (un poquito).
Mientras estamos frente a frente, uno de cada lado de la mesa, tienes que cerrar los ojos. Yo tengo que calmar los nervios para que, al hablar, mi voz suene confiada y no rota, serena y no llena de deseo.
Tienes que abrir los ojos, lento, y mirarme cuidadosamente, recorrerme despacito con la mirada: primero la barbilla y luego los labios, después la nariz, un poco de cabello, fracción de mejilla. Finalmente, debes mirarme a los ojos.
Para el instante previo no hay mejor música que el silencio.
-Tus ojos están cada vez más bonitos- debo decirte.
A ver si sonríes (un poquito).
domingo, 9 de enero de 2011
Sentada en el balcón.
It's five o'clock.
Y recorro con los ojos el contorno curvilineo de la silueta que es tu pierna.
Carajo.
Y recorro con los ojos el contorno curvilineo de la silueta que es tu pierna.
Carajo.
2011
Empezar
Con la muerte de Kuriko. Ella, que no pudo amar bien hasta que le llegó el ocaso.
Con la muerte de la señora Coronel. Ella, que no era más que piel y hueso (a diferencia de Kuriko, que existe en el papel). Ella, que era la luz que parecía nunca iba a extinguirse.
Empezar distorsionando la realidad: evadiéndola.
Empezar extrañando. Con insomnio.
Con las pastillas azules para dormir. Malditas, eternas.
Empezar con la familia.
Con pocas palabras. Con mil imágenes.
Pero sobre todo empezar (otra vez) con esos enormes ojos miel, al parecer, cada año más vivaces.
(Al menos esos ojos sonríen).
Empezar bien, entonces.
Con la muerte de Kuriko. Ella, que no pudo amar bien hasta que le llegó el ocaso.
Con la muerte de la señora Coronel. Ella, que no era más que piel y hueso (a diferencia de Kuriko, que existe en el papel). Ella, que era la luz que parecía nunca iba a extinguirse.
Empezar distorsionando la realidad: evadiéndola.
Empezar extrañando. Con insomnio.
Con las pastillas azules para dormir. Malditas, eternas.
Empezar con la familia.
Con pocas palabras. Con mil imágenes.
Pero sobre todo empezar (otra vez) con esos enormes ojos miel, al parecer, cada año más vivaces.
(Al menos esos ojos sonríen).
Empezar bien, entonces.
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