- Se está muriendo de amor, el poeta.
- Pero eso no puede ser cierto, no hace tanto lo vi en la calle y estaba muy bien. Andaba vestido de forma elegante y me sonrío como nunca. ¿Quién te ha contado aquel chisme?
-Lo he visto yo misma. El lunes pasado, de camino a casa, lo vi caminando solo. Tenía las ropas raídas y la camisa rota. Me dijo que iba al panteón a cavar su propia tumba. Creí que era alguna broma de mal gusto, no sería la primera vez. Le dejé tranquilo. Además venía yo con la niña, que no debe andar oyendo esas cosas. Martina nos contó luego que su Musa le había dejado. Al parecer la mujer no dio explicación alguna, tomó sus cosas y se largó. El poeta la buscó después de unos días y le pidió que le regresara todas las cartas que le había escrito y todos los versos. Dicen que lo ha quemado todo y dejó que las cenizas se las llevara el viento.
Ambas mujeres se miraron un lago rato sin decir nada. Ámbar suspiró y procedió a picar la cebolla con movimientos furiosos. Adela la miraba con cautela mientras sorbía despacio el agua de limón que quedaba en el vaso. Cuando Ámbar había comenzado ya a freír la carne, entró Sofía a la cocina sonriendo con picardía.
-¿Qué pasa?- preguntó Ámbar.
- Me he encontrado a Martina en el bar de los Mendoza. Dice que a casa del poeta se ha mudado una mujer, al parecer se van a casar.
-¡No me digas!- se sorprendió Adela -¿Y ella cómo se llama?
Sofía se rió por lo bajo:
-Se llama Ausencia.
De nuevo, Buenas noches (acá) María.
ResponderEliminarPrecioso texto, a pesar de lo crudo de si esencia.
Cuando el poeta no quiere morir,
Pasea y pasea hasta encontrar a "Ausencia".
Y luego, si la cosa no marcha bien,
Conquista a la musa "nada",
Que se parece a "ausencia",
Aunque sin unos brazos
Que le abracen,
Sin una palabra que le susurre,
Sin un silencio sobre el que navegar...
Me he sentido profundamente identificado.
Un abrazo,
Db.
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ResponderEliminarMuchas gracias David. Aprecio mucho los comentarios y me da gusto que alguien se identifique con lo que escribo. Así, si estuviera loca, seríamos dos.
ResponderEliminarUn abrazo para usted,
María.
Y Ausencia los miró desde ese lugar inexistente donde reside, con esa sonrisa inexistente y sin ruido que se dibuja en su rostro nulo y suspiró mil veces: un suspiro por cada beso no dado y un beso por cada abrazo susurrado...
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