Escribir por escribirte
Escribir sin titulo
Escribir sin motivos
Escribir sin disculpas
Escribir para decirte tanto
No escribir nada en absoluto
Tómalo entonces como las bases de una nueva relación: Tú y yo no somos nada y somos todo;
somos un misterio hasta para nosotros mismos.
Escribo sin buscarte
Sin esperar respuesta
No esperes motivos, ni los inventes o especules:
no existen.
No deseo perseguirte y matarte a letrazos,
deseo escribir por escribirte.
No significa nada, te escribo porque quiero,
pues te quiero.
Las bases de nuestra nueva relación: No hay bases.
No nos une un recuerdo, pues gustamos de crear cada vez que estamos cerca.
No nos unen sentimientos, pues no sentimos la misma cosa.
No nos une nada, pero no quiero irme tan lejos y no quiero que te vayas tan lejos.
(Tal vez escribo para pedirte...)
No te vayas tan lejos.
sábado, 18 de septiembre de 2010
jueves, 9 de septiembre de 2010
No había necesidad de preámbulos: bastaba con una mirada complice de tu parte y un suspiro de aceptación de la mía. Me guíaste en la oscuridad y sin ofrecer explicación alguna me pediste que cerrara la puerta. Te seguí sin preguntar, con el deseo quemandome el vientre y la respiración tornandose pesada.
Te observé por unos instantes antes de dar el primer zarpazo. Dejó entonces de girar la Tierra y así detuvimos el tiempo. Tu cuerpo ardía, irresistiblemente perverso, irremediablemente perfecto; no me detuvo ni la conciencia. Tú me amabas sin remedio, pues tus acciones eran guíadas por el mero instinto.
Nos movíamos con fluidez, poniendonos de acuerdo con pocas palabras y algunas miradas. Elegimos sin cuidado el ritmo y así nos dejamos llevar. Tú me desgarrabas el alma con besos tristes y yo te arrancaba la piel con manos desesperadas. Al final, te aferraste a mis piernas como si fueran lo último que te quedara en la vida.
Caíste a mi lado sin decir nada y yo dije todo con un suspiro. El silencio, terrible, fue interrumpido por el rápido latido de tu corazón y, de nuevo, el tiempo.
No dejamos rastro alguno, excepto por un clavel rojo y el aroma a olvido de los jazmines.
Te observé por unos instantes antes de dar el primer zarpazo. Dejó entonces de girar la Tierra y así detuvimos el tiempo. Tu cuerpo ardía, irresistiblemente perverso, irremediablemente perfecto; no me detuvo ni la conciencia. Tú me amabas sin remedio, pues tus acciones eran guíadas por el mero instinto.
Nos movíamos con fluidez, poniendonos de acuerdo con pocas palabras y algunas miradas. Elegimos sin cuidado el ritmo y así nos dejamos llevar. Tú me desgarrabas el alma con besos tristes y yo te arrancaba la piel con manos desesperadas. Al final, te aferraste a mis piernas como si fueran lo último que te quedara en la vida.
Caíste a mi lado sin decir nada y yo dije todo con un suspiro. El silencio, terrible, fue interrumpido por el rápido latido de tu corazón y, de nuevo, el tiempo.
No dejamos rastro alguno, excepto por un clavel rojo y el aroma a olvido de los jazmines.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)