jueves, 9 de septiembre de 2010

No había necesidad de preámbulos: bastaba con una mirada complice de tu parte y un suspiro de aceptación de la mía. Me guíaste en la oscuridad y sin ofrecer explicación alguna me pediste que cerrara la puerta. Te seguí sin preguntar, con el deseo quemandome el vientre y la respiración tornandose pesada.
Te observé por unos instantes antes de dar el primer zarpazo. Dejó entonces de girar la Tierra y así detuvimos el tiempo. Tu cuerpo ardía, irresistiblemente perverso, irremediablemente perfecto; no me detuvo ni la conciencia. Tú me amabas sin remedio, pues tus acciones eran guíadas por el mero instinto.
Nos movíamos con fluidez, poniendonos de acuerdo con pocas palabras y algunas miradas. Elegimos sin cuidado el ritmo y así nos dejamos llevar. Tú me desgarrabas el alma con besos tristes y yo te arrancaba la piel con manos desesperadas. Al final, te aferraste a mis piernas como si fueran lo último que te quedara en la vida.
Caíste a mi lado sin decir nada y yo dije todo con un suspiro. El silencio, terrible, fue interrumpido por el rápido latido de tu corazón y, de nuevo, el tiempo.
No dejamos rastro alguno, excepto por un clavel rojo y el aroma a olvido de los jazmines.

No hay comentarios:

Publicar un comentario