domingo, 8 de mayo de 2011

Al dios de las pequeñas cosas

Al terminar de leer la última página del libro, se levantó de la cama y corrió instintivamente hacia la puerta, esperando que volviera a ocurrir el milagro.

Nada.

Del otro lado de la puerta no esperaba nadie.

Suspiró largamente y calculó con las palmas de ambas manos el vacío interminable que había entre su estómago y su pecho. Era tremendo, pero explicable (lo que resultaba práctico, pues los problemas que resultan difíciles de resolver son precisamente aquellos que no se pueden explicar). Entró al baño y se observó frente al espejo por un par de minutos. Ambos ojos estaban cubiertos por unas lágrimas que no podía derramar. No eran las lágrimas de la pérdida, ni las lágrimas de perder, tampoco las de los celos o la angustia.

Eran unas lágrimas secretas. Eran las que provocaba un cariño irremediable, no irracional, pero si incontrolable. Ese tipo de lágrimas no debían llorarse al azar. Y ella nunca las había llorado.
Tomó el cepillo de dientes y se lavó parsimoniosamente. Después encendió la luz y se levantó la blusa. Se miró de perfil. Estaba muy delgada. Las costillas y los huesos de la cadera sobresalían excesivamente. El vientre estaba ligeramente inflamado y adolorido, pero sabía que normalmente era plano. Los pechos eran muy pequeños. Se miró de frente. La clavícula de ambos lados, dibujaba una línea partida en dos que recorría de un hombro al otro. Del lado izquierdo tenía el cuello un poco inflamado.

Se imaginó más delgada aún: una mujer de hueso recubierta de piel. Sonrió con tristeza y apagó la luz.

La mañana había invadido ya cada rincón de la casa. Entró a la cocina muy consciente del suelo frio bajo sus pies. Lavó una pocilla de peltre y vertió en ella una vasta cantidad de agua. Prendió una hornilla de la estufa y colocó encima la pocilla. Esperó a que se calentara lo suficiente y colocó dentro dos bolsitas de té negro con especias.
Instintivamente corrió hacia la puerta. Esta vez la abrió con cuidado, dudando. No había nadie esperando del otro lado.

Regresó a la cocina y observo como el agua clara de la pocilla se teñía de café canela. Pronto la superficie del agua se llenó de burbujas. Apagó la hornilla. Los ojos se empañaron de nuevo con las lágrimas secretas que no debían ser lloradas.


El milagro había ocurrido bajo circunstancias que no era capaz de recordar, tal vez porque en su momento no había repasado la memoria suficientes veces (para entonces ya había aprendido que lo esencial no es repasar las memorias antiguas, sino, experimentar profundamente el presente y almacenar la mayor cantidad de recuerdos, aunque en la posteridad fuera imposible mirar atrás y ver las cosas a detalle).

Los hechos:

Pudo haber sido un lunes, un martes, un miércoles o un jueves.

Eran entre las 5 y las 7 de la tarde.

Probablemente estaba nublado.

Era marzo o abril.

Ella usaba una chamarra de tela negra que no era suya y unos jeans descoloridos y muy acampanados, que entonces le habrían quedado bien.

Hoy esa ropa le habría quedado gigantesca.

El personaje que acababa de morir en la novela, que ahora yacía en el suelo, mientras ella se cubría la boca con las manos, se llamaba Laura Avellaneda.

El personaje que había escrito un centenar de veces en su diario: Dios mío, se llamaba Martín Santomé.

Las lágrimas que se arremolinaban en el borde de sus ojos eran las lágrimas secretas. Pero ella no podía llorarlas.

Ahora era ella quien necesitaba la tregua.

Lo que ocurrió después:

El cálculo del interminable vacío que había entre su estómago y su pecho fue interrumpido por el sonido de alguien que llama a la puerta. Ella levantó el libro y marcó con el índice la página en donde las ultimas dos líneas constaban de interminables Dios míos. Corrió instintivamente.

Abrió.

Detrás de la puerta, la persona que siempre estaba esperando. Una sonrisa nerviosa adornaba su delgado y pálido rostro. Un brazo detrás de la espalda y (probablemente) un instante eterno de silencio.

La frase que fue dicha al instante siguiente por el personaje que extendió el brazo entregando un enorme ramo de flores amarillas, no está enteramente registrada en la memoria de ella, pero sabe que incluía:

Un ligero tono de cariñosa acusación.

La palabra cursi.

Todo resultó perfecto. Aquel fue el milagro.

Un poco del líquido oscuro de la pocilla fue depositado en una taza blanca con unos dibujos infantiles de florecitas. Azules, amarillas y rosas. Dos cucharadas de azúcar. Ella suspiro varias veces, decidió frenar los instintos. No había razón para abrir la puerta de nuevo.

No había razón para que se repitiera el milagro.

Después de todo, esa clase milagros, los que evocan la presencia de las lágrimas secretas, los milagros que consisten de detalles, de coincidencias, de cosas pequeñas, son especiales, pues sólo ocurren una vez.

El fantasma del vacío que había dejado la última página del libro se esfumo rápidamente cuando a las 11.45 sonó el teléfono.
-Bueno…

(Era el dios de las pequeñas cosas).

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