martes, 5 de abril de 2011

4 de abril

F llegó corriendo a casa de B y se detuvo frente a la puerta a eso de las 8:45 de la noche.

Durante la primavera, casi siempre a esa hora y cuando no está nublado, el cielo, de un azul oscurísimo, conserva aún un tono rosado en la franja que acaricia los cerros.

F se quedó inmóvil frente a la puerta durante al menos veinte minutos. No pasó absolutamente nada: Fue incapaz de tocar.

Sin hacer un solo ruido, recogió sus cosas del suelo y se fue corriendo en dirección a su casa.

B nunca se enteraría.

A la mitad del camino, F dejó de correr, pues se le acalambraron las piernas de súbito. Comenzó a caminar despacio, limpiándose las lagrimas con los bordes del suéter y arrastrando la mochila por el suelo húmedo apenas.

Pensó en el día que le dijo a B por primera vez que le amaba.

Fue la madrugada del veintiuno de marzo. Ambos debajo de las cobijas y ella intentando detener un llanto inexplicable. B la tocaba con cuidado, sin saber que más se podía hacer. De pronto F lo detuvo, se paró de la cama y comenzó a caminar de un lado a otro. Pasaron unos minutos antes de que lograra calmarse y sentarse en la orilla, junto a B.

F: ¿Te puedo decir algo horrible?

B asintió nervioso.

F: Creo que te amo. Es cierto, te amo.

B: Es la cosa horrible más linda que me han dicho jamás.

Dejaron pasar lo que quedaba de noche y a las seis, más o menos, B comenzó a despedirse.

F: Algún día ¿vas a decírmelo?

B: Cuando amanezca.

B salió corriendo.

Al instante, cantó un gallo.

F corrió hasta la puerta y la abrió precipitadamente: B no estaba ahí.


Cuando F llegó a su casa a eso de las 9:30, había desaparecido la franja rosa en el cielo.

Antes de entrar, pensó que, tal vez, si a las 8:45 hubiera decidido tocar a la puerta de B, no habría sido tan malo, pero no había podido olvidar la voz dulzona de A:

-No hagas locuras. Te quiero.

F entró a su casa y pensó que de cualquier manera, la promesa que traía consigo la lluvia, se la había llevado el viento.

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